Una broma de secundario
Ocurrió durante un frío día de invierno en que cursaba el primer año del secundario. Junto a mis compañeros aprendíamos sobre los huesos del esqueleto humano. Para ilustrarnos, la profesora había traído un esqueleto de plástico articulado en tamaño natural. El esqueleto era desmontable y colgaba de un pequeño mástil que en su base tenía cuatro ruedas.
No habían transcurrido muchos minutos desde el comienzo de la clase cuando desde preceptoría le avisaron a la profesora que tenía que ir a atender un llamado telefónico. Como en esa época aún no había celulares, la profesora se retiró por unos minutos no sin antes rogarnos que nos portáramos bien. Cuando la puerta se cerró, los cuarenta y cinco varones del curso nos quedamos solos en el aula con el esqueleto al frente. Los huecos de sus ojos parecían vigilarnos...
En contados segundos las ideas empezaron a aflorar. Todo estaba más o menos bajo control hasta que uno de los chicos pasó al frente, sacó la calavera del esqueleto y se la puso encima de su cabeza. Luego estiró el cuello de su campera de manera que ocultara su cabeza y le colocó la capucha a la calavera. Por unos minutos nos morimos de risa con el “profesor calavera” paseándose entre los pupitres, pero después, nuestro compañero abrió la puerta y salió del aula al corredor.
Como en el pasillo no había nadie a quien sorprender, fue hasta la puerta del curso de al lado que tenía una ventana en su parte superior. Estaban en clase. El profesor enseñaba dando la espalda a la puerta. Luego de asegurarse que el profesor no lo viera, nuestro compañero comenzó a asomar la calavera encapuchada y a saludar con su mano.
Cuando el profesor comenzó a ver en sus alumnos las caras de sorpresa y risas se dio vuelta y miró hacia la puerta, pero nuestro compañero se escondió. El particular saludo se repitió un par de veces más en medio de las carcajadas de los chicos hasta que el profesor fue a abrir la puerta y descubrió la broma.
Allí se terminó la clase del esqueleto, a lo que siguió una buena llamada de atención para todo nuestro curso y alguna que otra amonestación para el “profesor calavera”. En fin, no recuerdo bien si ese día aprendimos algo sobre el esqueleto humano pero... ¡cómo nos divertimos!
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Recordar nuestro tiempo de adolescencia nos ayuda a empatizar con nuestros propios hijos e hijas cuando transitan por la misma etapa. Una buena historia puede dar lugar a una buena charla.
Relatos de Vida <>< M.E.M.

