miércoles, 10 de mayo de 2023

"Cuando el hábito no hace al monje" (lectura: 2 min)

 El hábito no hace al monje... ni al árbitro 

    Nando era un gringo solterón de unos cuarenta y pico de años. Medio personaje, tipo bonachón, se enojaba fácil si se lo contradecía (aunque se le pasaba rápido). Como le gustaba darse aires de importancia, un día comentó que tenía conocidos en el colegio de árbitros de la AFA. Para afirmar su comentario,  nombró varios árbitros importantes como si los conociera personalmente. Si bien sabíamos que viajaba seguido a Buenos Aires, la verdad que nos pareció que con lo de la AFA inventaba, casi que deliraba. 



En algún momento, alguien le insinuó que nos estaba charlando. A Nando se le transformó el semblante. Con el ceño fruncido nos dijo: ¿Ah sí? Van a ver que consigo la indumentaria oficial de los árbitros de la AFA. Para que no se calentara más, le dijimos que si la conseguía podría ayudarnos como árbitro en algún partido de fútbol durante el retiro de semana santa. Quedó contento. Nos saludó y se fue. 

Llegó semana santa y como era previsible, una tarde se armó el clásico partido de solteros contra casados. Nos reunimos en el centro de la cancha. Los solteros jugaríamos con el torso desnudo y los casados con la remera puesta (para no mostrar la panza). Estábamos contando la cantidad de jugadores por cada equipo cuando vimos que por un lateral ingresaba Nando. Nos quedamos pasmados. 

Estaba vestido con el atuendo original de los árbitros de ese momento: de color negro impecable, escudo de la asociación de árbitros profesionales en el pecho, medias negras con tres rayitas blancas en la parte superior, tarjetas amarilla y roja plastificadas en el bolsillo, silbato metálico cromado y para rematar, un reloj con cronómetro profesional que costaría lo que una moto. De dónde lo había sacado, era una incógnita.

- Vengo para ser el árbitro del partido - anunció muy resuelto. Sorprendidos, los que lo conocíamos nos miramos.

- ¡Sí, dale, dale! - respondió la mayoría, encandilados por su vestuario. 

Darío, uno de los casados que lo conocía, tenía sus reservas. Sin pelos en la lengua comentó con los demás:

- ¡Pero si Nandito en su vida arbitró nada! 

- Bueno, bueno, de última le ayudamos entre todos... - le respondimos algunos tratando de tranquilizarlo. No sabíamos en la que nos estábamos metiendo. ¡Pero no había forma de decirle que no a Nando! Además, con esa pinta de árbitro impartía autoridad y levantaba el status del partido.

- ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Qué? ¿Ya se están echando para atrás los viejos? - empezaron a provocar los solteros. 

- ¡Nosotros hablamos con goles! - respondieron los casados.

Los arqueros fueron a sus respectivos arcos, las chicas se acomodaron a los costados con sus equipos de mate y en unos minutos ya estaba todo listo para comenzar.

Nando puso el cronómetro en cero, se llevó el silbato a la boca y sopló. Comenzó el partido. Al principio fue todo bastante bien. Como Nando sabía poco y nada de arbitrar, los que cobrábamos éramos nosotros mismos y él confirmaba haciendo sonar el silbato. Con el paso de los minutos y cansado debido a lo grande del campo de juego reglamentario, dejó de correr y seguía el partido desde mitad de cancha. Casi nos olvidamos que había árbitro. Cuando Nando intervenía era para problema y pérdida de tiempo porque había que explicarle cómo había sido la jugada. 

Al final del primer tiempo, fueron a disputar una pelota Darío y uno de los solteros. Darío puso fuerte el cuerpo y el soltero que era chiquito y livianito voló por el aire cayendo de manera espectacular. No hubo falta, pero Nando hizo sonar el silbato y la cobró. Como no afectaba mucho el partido, le hicimos caso y paramos la jugada. El problema fue que Nando se acordó que tenía las tarjetas y se le ocurrió que era el momento de empezar a usarlas, así que cuando nadie lo esperaba, sacó la tarjeta amarilla y se la mostró a Darío. Ahí se armó.

- ¡Qué me sacás amarilla! ¡Qué me sacás amarilla! - le reclamó - ¡si puse el cuerpo de forma limpia!

- Bueno, bueno, no es para tanto... - lo tratamos de calmar a Darío.

- ¡Sacale amarilla también a él entonces! - le exigió Darío señalando al soltero que ya se había levantado y se sacudía el pasto seco.

- ¡Silencio o se va afuera! - amenazó el árbitro, serio y con cara de pocos amigos, amagando con sacarle la tarjeta roja. ¡Para qué! Darío se puso más nervioso y entonces al que tratamos de calmar fue al árbitro.

- Está bien, Nando, no es tan grave...

Y cuando parecía que la cosa se había calmado, Nando decidió estrenar la tarjeta que le quedaba: sacó la roja y con el brazo extendido como un mástil se la mostró a Darío. Fue como tirarle nafta al fuego. Los casados se arremolinaron alrededor del árbitro. ¡Se lo querían comer crudo! Los solteros, contentos, reclamaban que se respetara la decisión del árbitro. Todo era un lío. Los de afuera tomaban mate y se mataban de risa.  

Menos mal que al final todo se calmó y terminó bien. Aunque sí hubo un expulsado: el árbitro. En realidad, cuando terminó el primer tiempo le sugerimos a Nando que no hacía falta que siguiera. Él estuvo de acuerdo porque ya estaba cansado. Así que con su indumentaria de árbitro se recostó en el pasto afuera de la cancha, aceptó un mate y con una porción de torta en la mano se quedó a mirar tranquilamente el segundo tiempo.

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No busques tu valor en la opinión de las personas. No te pases la vida "vistiéndote" de lo que no sos para ser aceptado. Vales tanto para Dios que pagó tu rescate con la vida de su único Hijo.


Relatos de Vida <>< M.E. Michel 


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