Habíamos decidido viajar en nuestro primer auto cero km a San Carlos de Bariloche, magnífica ciudad al pie de los Andes. Teníamos dos rutas posibles: la más rápida era una que atravesaba la Pampa, con largos trayectos llanos y bastante aburridos; la otra, más lenta pero entretenida y con magníficos paisajes de la cordillera, era la famosa ruta 40. Nos decidimos por esta última. ¡Queríamos un poco de aventura!
La mañana del día siguiente se presentó nublada. Durante el desayuno nos informaron que el puente seguía bloqueado y sin perspectivas de ser habilitado. Nos empezamos a preocupar. ¿Qué iba a pasar ahora con nuestro itinerario? Después de averiguar, nuestras opciones eran esperar allí un par de días, o bien tomar un desvío por un camino interior de tierra en bastante mal estado. En el pasado este "bypass" había pertenecido a una empresa minera y no aparecía en el mapa, pero los lugareños nos aseguraron que más adelante salía a la ruta 40.
Resignado, miré nuestro auto nuevo a través de la ventana. Después de conversarlo con mi esposa y encomendarnos al Creador, decidimos tomar el desvío. Ya en los primeros kilómetros nos dimos cuenta que el camino era para vehículos "todo terreno", no como el nuestro... Había sectores con serruchos que despegarían la mejor corona dental, tierra que parecía talco y baches para estacionar el auto adentro. La frutilla del postre fue atravesar el río en una balsa rudimentaria, operada por un tipo que se concentraba más en fumar su cigarrillo que en guiar la embarcación.
Gracias a Dios al final retornamos a la ruta 40, sanos y salvos, aunque con más tierra que una maceta. ¿El auto? Aguantó bastante bien, sólo se le rajó un espejo. Un día después llegamos a Bariloche donde pudimos disfrutar de una estadía inolvidable. Eso sí, cuando llegó el momento de regresar, sin dudar tomamos la ruta aburrida...
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Relatos de Vida - M.E.M.

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