Tres mochileros improvisados
Era verano y yo tendría unos diecisiete años. Junto con dos amigos se nos ocurrió la idea de irnos de “mochileros” un fin de semana a las montañas. Ninguno de los tres tenía experiencia en el tema, pero sonaba a aventura y eso nos encantó. Además, ¡no podía ser tan complicado!
Rápidamente entre los tres hicimos la lista de cosas a llevar: una carpa, un calentador a gas para cocinar, una olla, un jarro, tres platos, tres vasos, tres tenedores, short de baño, toalla y cepillo de dientes. ¿Abrigo? ¡Para qué! En verano hace calor y además todo lo que lleváramos lo debíamos cargar nosotros. Con esos elementos nos pareció más que suficiente. Las cosas para comer las compraríamos en la proveeduría del camping.
Como en casa teníamos equipo de camping, yo aporté la carpa. Era del tipo canadiense para cinco personas, triangular con estructura de caño y techo de lona naranja. Pesaba una tonelada... pero era lo que había. En cuanto a peso, el calentador no se quedaba atrás porque tenía una garrafa de 5kg. No sé para qué lo metimos en una caja de cartón que se desfondó en cuanto la quisimos levantar. ¡Todo era super práctico! Finalmente en un bolso grande de lona cargamos el resto de las cosas.
Bien temprano ese sábado salimos para la terminal de ómnibus. Allá compramos los pasajes para nuestro destino y despachamos en la bodega nuestro equipaje. Disfrutamos del viaje hasta que nos enteramos que el colectivo no entraba hasta cerca del río donde esperábamos encontrar algún camping, sino que nos dejaría en la ruta. ¡Tendríamos que caminar más de un kilómetro con nuestro “equipo ligero”! Casi nos deslomamos. Cada cien metros parábamos y nos rotábamos las cosas. Exhaustos, en el primer camping que encontramos armamos la carpa y nos fuimos a pasar el resto del día en el río.
Al llegar la noche, después de cenar nos duchamos para irnos a dormir con lo puesto. Por supuesto, no habíamos traído colchonetas, ni bolsas de dormir ni frazadas...(¡para qué!). Lo único que nos separaba de la tierra era el milímetro de plástico que tenía el piso de la carpa. Sin importarnos y entre chistes y cuentos, nos quedamos dormidos como troncos... hasta alrededor de las tres de la madrugada que nos despertamos. ¡Tiritábamos de frío!
La temperatura había bajado mucho (algo normal en las montañas durante la noche pero que en nuestra gran sabiduría a los diecisiete años no habíamos tomado en cuenta) y no teníamos con qué cubrirnos porque incluso las toallas todavía estaban mojadas. Lo único que pudimos hacer fue encender el calentador dentro de la carpa y hacernos café para recuperar el calor. Como ya no pudimos volver a dormirnos, nos quedamos conversando hasta el amanecer.
¡Fue una aventura inolvidable! Aunque un poco mas fresca de lo que nos imaginábamos...
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En el viaje de la vida, aún en los veranos suele haber noches frías. No está bueno pensar que me las sé a todas. Pedir consejo a quienes van algunos kilómetros más adelante es buena idea... Prov. 19:20
Relatos de Vida

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