lunes, 31 de mayo de 2021

"La cocker voladora" (lectura: 1 min)

La cocker voladora            

    Britany es nuestra perra cocker spaniel. Es sumamente buena con los chicos y muy guardiana. Enemiga declarada de los gatos, les ladra incluso cuando sólo ve sus sombras proyectadas en la pared. Más de una madrugada he tenido que salir al patio medio dormido para guardarla en el lavadero (donde ella tiene su cucha) para que en el vecindario podamos seguir durmiendo. 



Cuando era cachorra, Britany nos dio un gran susto. Vivíamos en una casa tipo duplex, por lo que había dos habitaciones exactamente iguales en la planta baja como en el primer piso. Ambas habitaciones tenían una ventana sin rejas que daba al patio. Cuando abríamos para ventilar la habitación, la perrita acostumbraba a saltar a través de la ventana. Así pasaba en un instante del interior de la casa al patio, sobre todo para unirse a los ladridos de los perros vecinos. 

Mientras nuestros dos primeros hijos eran pequeños, toda nuestra vida familiar transcurría en la planta baja, por lo que la cocker casi nunca subía a la planta superior. Un día, mi esposa y nuestro hijo Caleb subieron a la habitación del primer piso y Britany los acompañó. Buscando luz y ventilación, abrieron la ventana que daba al patio. Mientras mi esposa estaba buscando algunas cosas, nuestro hijo jugaba con la cachorra en el cuarto.

De pronto Britany escuchó ladrar los perros de los vecinos y sin pensarlo dos veces tomó carrera y saltó por la ventana... ¡pero al vacío! En seguida, nuestro hijo gritó: - ¡Mamá! ¡La perra se tiró por la ventana!

Temiendo lo peor, mi esposa corrió por las escaleras para salir al patio y ahí estaba ella, moviendo su cola como si nada... La alzó, la revisó, la observó un rato largo. Britany no lloraba ni se quejaba. ¡Estaba como siempre!

Mi esposa respiró aliviada al comprobar que estaba bien. Caleb la tapizó de besos. ¿Será que por ser cachorra había soportado el golpe como si fuera un gato? No lo sabemos. Por supuesto, Britany aprendió la lección y no lo volvió a intentar. 

<><

Nosotros también aprendimos la lección... y le pusimos rejas a la ventana. 

                                                                  

                                                                  Relatos de Vida

lunes, 24 de mayo de 2021

"Una mudanza misteriosa" (lectura: 3 min)

Una mudanza misteriosa    

    Promediaba el año 2006 y había concluido nuestro contrato laboral en el extranjero. Como parte de los preparativos para volver al país contratamos una empresa de mudanzas que embaló y guardó nuestras cosas en un pequeño container. Nuestras cosas viajarían por barco hasta el puerto de Buenos Aires y desde allí en camión hasta la ciudad de Córdoba. Nos prometieron que todo llegaría bien. Pocos días después de eso tomamos el avión que nos trajo de vuelta a la Argentina.


Pasaron un par de semanas y la empresa de mudanzas nos contactó para avisarnos que el barco había llegado al puerto. Me solicitaron enviarles mi pasaporte para poder hacer aduana. En los próximos días, nos dijeron, realizarían el tramo final en camión hasta nuestro domicilio. 

El día que se fijó para la llegada de nuestras cosas a casa yo tenía que trabajar, así que serían mi esposa y mi suegra (que había venido esos días a casa para ayudarnos a instalarnos) quienes recibirían el envío. La verdad que estaba un poco ansioso esperando el llamado que me confirmara que todo había llegado bien. Cerca del mediodía el teléfono finalmente sonó y al atender, noté un ligero tono de preocupación en su voz de mi mujer. Me contó que el chofer del camión había llegado caminando hasta casa para confirmar el domicilio. Hasta ahí todo bien, pero el problema era que hacía más de dos horas que el hombre no volvía con el camión que, según había dicho, había dejado estacionado a la vuelta de casa. 

Me comuniqué con la empresa de mudanzas y les conté lo sucedido. Ellos entonces intentaron comunicarse por celular con su chofer pero no tuvieron éxito. Me dijeron entonces que enviarían de inmediato otra persona. 

Cuando esa tarde regresé a casa, encontré que todas nuestras cosas ya se habían descargado del container, se habían desembalado y armado. Todo estaba perfecto. Ni un rasguño. La otra persona que la empresa había enviado había hecho el trabajo. Pero del chofer... ni noticias. Lo raro es que la segunda persona efectivamente había encontrado el camión a la vuelta de casa... ¡con la puerta abierta y el motor en marcha! Dentro de la cabina estaba la billetera y el celular del chofer. Sólo faltaba mi pasaporte.

Pasaron las horas y se hizo de noche. Se buscó al chofer en las proximidades por las dudas se hubiera quedado comiendo en algún lugar, pero nada. Se llamó a la policía para saber si ellos lo tenían detenido, pero tampoco. Con la ayuda de la policía se llamó a los principales centros de salud de la ciudad, pero nadie tenía en sus registros una persona con el nombre ni con las características del chofer.

La empresa finalmente hizo la denuncia de desaparición de persona. Vino la policía. Precintaron el camión y dejaron una patrulla en custodia. Por lo extraño del caso, no tardaron en venir los noticieros de la ciudad; los periodistas que se veían en la tele tocaron a la puerta de mi casa para hacernos entrevistas. ¡Mis nuevos vecinos del barrio estaban escandalizados! Al día siguiente salió una nota sobre el caso en la página de policiales del principal diario de la ciudad hablando de secuestro... ¡y pensar que nosotros queríamos instalarnos en el barrio sin llamar mucho la atención!

Luego de varios días y cuando ya se había calmado un poco la cosa, fuimos a la comisaría donde yo había radicado la denuncia del robo de mi pasaporte para solicitar una constancia. El policía que nos atendió, cuando ya nos íbamos nos preguntó: ¿ustedes sabían que apareció el chofer del camión, cierto?

Sorprendidos, le dijimos que no sabíamos nada. Entonces nos contó: sí, apareció en Buenos Aires. La declaración que hizo el hombre fue que después de confirmar el domicilio y al volver para buscar su camión, unos sujetos lo secuestraron y lo metieron en el baúl de un auto. Así lo llevaron hasta algún lugar en Buenos Aires donde lo ataron y encerraron en una habitación. Una noche, cuando sus secuestradores se habían emborrachado, les pidió un vaso con agua. En cuanto lo dejaron solo, rompió el vaso y con los vidrios cortó las ataduras que le habían hecho. Luego se pudo fugar por una ventana y terminó presentándose en una comisaría donde pidió ayuda y contó su historia...

La verdad que parecía que el tipo nos había contado el guion de alguna película. Le preguntamos si él creía que esa historia fuera verídica. El policía nos dijo que había escuchado la versión de boca del propio fiscal del caso que hacía tiempo tenía abierta una investigación sobre algunas irregularidades detectadas en traslados desde el puerto al interior del país. Nos fuimos de la comisaría sin poder creer lo que habíamos escuchado, pero a la vez aliviados de que todo hubiera terminado bien.

<><

 Muchas veces en la vida las cosas no suceden como planeamos o deseamos... pero es en esas ocasiones cuando más nos sorprendemos con las diferentes maneras en las que Dios nos cuida. 

Relatos de Vida

martes, 4 de mayo de 2021

"Luna de miel en la Gendarmería - 2da parte" (lectura: 3 min)

    Mientras hacía la maniobra, la conductora se dio vuelta hacia nosotros, nos miró fijo y nos dijo: Escuchen, somos todos familiares, ¿eh? Ustedes son todos primos y yo soy una tía que los sacó a dar un paseo, ¿OK? Sorprendidos, nos miramos entre todos tratando de entender lo que estaba pasando... ni nos imaginábamos lo que nos esperaba!

Detuvo el motor, agarró su cartera y se bajó del vehículo para dirigirse a la casilla de control. Se hizo un verdadero silencio de montaña dentro de esa combi. Nadie se animaba a hablar... sólo pensábamos. Por la puerta del costado apareció un gendarme que nos comenzó a preguntar nuestros nombres, de dónde éramos y a pedirnos nuestros documentos. El pobre israelí se había puesto nervioso porque no entendía qué estaba pasando y encima había olvidado su pasaporte en el hotel. Después de escuchar nuestras respuestas, el gendarme se volvió a ir.

En voz baja mi esposa me preguntó qué iba a pasar y yo le respondí que no tenía idea. Pero de algo estaba seguro: si me preguntaban, yo no iba a mentir... ¡El israelí no era primo mío! Al minuto regresó la conductora al vehículo. Yo pensé que ya se había arreglado todo y que podríamos continuar la marcha pero me equivocaba. 

El gendarme volvió a aparecer por la puerta del costado. Después de mirarnos a todos se dirigió a mí y me dijo: Ud. señor, acompáñeme, por favor. Perplejo, miré a mi esposa y me apuré a bajar para seguir al oficial. Se pueden imaginar las mil cosas que me pasaron por la cabeza en los pocos metros que separaban nuestra combi del puesto de control. Me hizo pasar a una pequeña salita donde había otro uniformado más y me senté junto a una pequeña mesa de madera que tenía unos diarios abiertos.

- ¿Ustedes no son parientes entre ustedes, cierto? - me disparó a quemarropa y muy serio la primera pregunta. 

- No, le dije. Con mi esposa estamos de luna de miel y contratamos esta excursión. El gendarme se relajó un poco y me dijo: 

- Claro, sería muy raro que en esa combi todos sean parientes... ¡encima hay un extranjero que ni tiene documentos! ¿Vos lo conocés? - ya me empezó a tutear.

- No, lo conocí cuando nos presentamos hace un rato. 

- ¿Y dónde compraste esta excursión? - continuó. Le expliqué que en una de las agencias de turismo del pueblo. 

Me dejaron solo en la salita por varios minutos mientras hacían llamadas. Para no aburrirme aproveché de leer los titulares de los diarios que había sobre la mesa. Finalmente el oficial volvió y me dijo: 

- Mirá, con ustedes está todo bien, lamentamos arruinarles su día de excursión de esta manera, pero es que esta mujer no tiene autorización para hacer viajes de turismo. 

- No lo sabíamos, le interrumpí. El oficial prosiguió: 

- Ya nos ha hecho lo mismo varias veces, pero esta es la última. Vamos a dejar que siga sólo para que ustedes puedan volver a sus hoteles. Eso fue todo. Antes de permitirme volver, me pidió disculpas por el mal rato que me habían hecho pasar, me devolvió el documento y me acompañó hasta el vehículo.

Me subí a la combi y el gendarme le volvió a pedir a la mujer que fuera al puesto de control. Las preguntas de mi esposa y de los otros compañeros de excursión no se hicieron esperar. ¿Qué te preguntaron? ¿Y qué les dijiste? La verdad, les respondí. Pero creo que nos van a dejar seguir. 

La mujer volvió y subió al vehículo visiblemente nerviosa y enojada. Se dio vuelta y me recriminó: 

- ¿Porqué no les dijiste lo que habíamos acordado? 

- Primero que no había acordado nada, le respondí. Y agregué: Además yo no acostumbro mentir, señora. 

Arrancó el vehículo de mal humor y retomamos el camino. Su actitud era difícil de comprender: nos había engañado a todos vendiéndonos una excursión para la que no estaba autorizada, nos había arruinado el paseo de ese día... ¿y todavía se enojaba porque no habíamos mentido para cubrirla? Lamentablemente no escuchamos ningún pedido de disculpas de su parte.


Con el paso de los kilómetros se fue bajando la tensión y al divisar unos cóndores que sobrevolaban cerca nuestro todos nos relajamos, así que para cuando llegamos a la puerta del hotel, ya todo estaba bien. 

¡Con mi esposa nunca nos olvidamos que la Gendarmería dejó su impronta en nuestra luna de miel!

<><

En todo se puede aprender algo... Una mentira nunca se puede cubrir con una verdad. Una mentira sólo se puede cubrir con otra mentira. Y aunque alguien podrá decir que una mentira "te puede sacar del paso", vivir mintiendo nos termina esclavizando porque sabemos que en algún momento la verdad saldrá a luz. Eso no es vida. Como dijo el Maestro de maestros: "Sólo la verdad nos hace libres".

Relatos de Vida

"LA PAPA CALIENTE"

“LA PAPA CALIENTE” “Si a alguien algo le salió mal y aún así sonríe, es porque ya sabe a quién echarle la culpa” Escuché este comentario var...