En un verano muy caluroso fuimos a un parque acuático cerca de nuestra ciudad.
Mientras esperábamos en la fila para ingresar, podíamos observar la principal atracción del parque: tres toboganes acuáticos de distintos colores. Los bañistas ascendían por una escalera hasta la plataforma de lanzamiento, ubicada a unos quince metros de altura. Con la ayuda del agua y de la fuerza de la gravedad, grandes y chicos se deslizaban velozmente por los conductos enredados como espaguetis hasta salir como escupida y terminar en un sonoro chapuzón en la piscina principal.
Después de encontrar una sombrilla disponible y ubicarnos, mis hijos quisieron ir a tirarse por los toboganes. Como sería la primera vez, mi esposa me insistió que los acompañara. Así fue que los seguí y juntos subimos la escalera que nos conducía hasta la plataforma de lanzamiento.
En la base de la escalera había unos carteles que sinceramente no me tomé el tiempo de leer. ¡Qué tan complicado podía ser tirarse por un tobogán! Eso sí, mientras subía por la escalera observé que de los tres toboganes, el más veloz era el rojo, el amarillo era un intermedio y el verde era el más tranquilo. Me pareció super sensato comenzar tirándonos por el verde.
Mis tres hijos se tiraron primero y yo no iba a ser el cobarde que había subido para acompañar y después bajaría por la escalera, así que me encaramé en el tobogán verde y los seguí. El rápido zig-zag me mareó un poco al principio pero después me acostumbré. ¡Era muy divertido! Cerca del final, noté que mi envión se reducía, cosa que me preocupó porque yo esperaba el vuelo y el chapuzón final. Faltando todavía unos dos metros, mi envión se terminó por completo y quedé inmóvil como si hubiera tirado del freno de mano. Una nenita que se había lanzado detrás mío me alcanzó y me empujó pero apenas si logró moverme. Entonces, ayudándome con mis asentaderas y mis talones empecé a avanzar como una oruga sintiendo que la estructura del tobogán crujía y se zangoloteaba. Por fin conseguí llegar hasta el borde y me dejé caer al agua.
El ruido que hizo el chapuzón de mi metro ochenta y cinco de altura y noventa kilos de peso ahogó el de los silbatazos desesperados de un guardavidas, que agitaba sus brazos y me señalaba. Cuando me acerqué al borde de la piscina observé que el tipo me esperaba con cara de vinagreta. Me retó como a un chico diciéndome que no me volviera a tirar por ese tobogán. Avergonzado salí del agua sintiendo varias docenas de ojos clavados en mi nuca. Estaba a punto de quejarme por lo mal diseñado de ese tobogán cuando uno de mis hijos se me acercó y en voz baja me dijo:
- Pa, te tiraste por el tobogán de los niños. Vos te tenés que tirar por el amarillo o el rojo... ¿No leíste los carteles?
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Relatos de Vida <>< M.E.M.

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